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Entradas

La Jefa

La Jefa había llegado hace pocos meses al puesto. Las primeras semanas nadie las olvidará por su actitud recta y disciplinada, que llevó durante todas las horas de entrada y salida. Antes de ella pocos cubrían la posición con semejante puntualidad. Su turno comenzaba a la hora en punto del cambio de turno y terminaba con la misma precisión. Sin mediar palabra con su relevo, abandonaba el lugar sin esperarlo. La falta de responsabilidad sería de él, solía decir. Aunque no tenía ningún tipo de autoridad sobre los cobradores, pero las miradas que soltaba, a quienes llegaban tarde, bastaron para sincronizar a toda el área. Pronto, esos accesos fueron los más eficientes y rápidos. Aunque aquella puntualidad era admirable, su capacidad de observación era todavía superior. Siempre permanecía alerta y mirando de reojo a los autos que entraban y salían por la garita. Caminaba de un extremo a otro como una pantera que acechaba a sus presas. Los conductores la miraban con un gesto serio ante el...

¿Cómo no dejar algo botado?

Este texto se me ocurrió básicamente porque tenía la necesidad de escribir algo, de ponerme a teclear y dejar que las ideas fluyeran sobre la pantalla. Es algo que disfruto mucho, pero al mismo tiempo es algo que se convierte en una tarea frustrante. ¿Qué escribo? No sé, lo quiero hacer, pero no tengo un ruta clara de por dónde empezar ni a dónde llegar. ¿Cuánto debería escribir? A veces pienso en un cuento, otras veces, en una reflexión, en un recuerdo, en una queja. Pero nunca termina en nada o se extiende por hojas y hojas sin un rumbo claro; también hay textos en los que puse un párrafo y eso fue todo. Pero hoy hay una excepción. Este texto concentrará aprendizajes acumulados después del fracaso. No sólo señalar las fallas que me han impedido escribir consistentemente, también errores que me han impedido avanzar en otras tareas que me propongo: correr más kilómetros que mi récord habitual; tocar una pieza más compleja en el piano; hablar otro idioma; leer una colección de libros;...

No quiero estudiar

Todas las mañanas era el mismo berrinche de siempre. Sofía no quería levantarse de la cama y tampoco ponerse el rasgado, y cada vez más chico, uniforme con el que iba a la primaria desde hace tres años. Justo ese año, el tercero de primaria, había sido el más difícil para Sofía: la presión de su mamá era tan intensa con el asunto de la lectura de compresión y las lecciones de matemáticas, que Sofía siempre lloraba cuando daban las cinco y tenía que abrir los ojos para ver la mirada de su mamá clavada sobre ella. —¡Apúrale, niña! ¡Vamos tarde!— —¡No quiero, no quiero!— Algunas mañanas habían bofetadas ante la negativa de Sofía, otras veces había jalones de pelo y, otras más, muchos gritos e insultos. De lunes a viernes la batalla matutina de Carmela por llevar a su hija a la escuela era una rutina inevitable. Ella solía decirse que pondría toda su energía para que Sofía estudiara y llegara hasta la prepa. Ese era la meta que fijaba en su cabeza antes de irse a trabajar al mercado a vend...

Oda al sudor

No, casi a nadie le gusta el sudor. No está bien visto por muchas razones, sobre todo entre las personas con las que convivo cotidianamente. El sudor es una capa, de las muchas que la gente tiene sobre sí mismas, y que se esfuerzan —o mejor dicho, todo lo contrario, no se esfuerzan— para que no aparezca. El sudor está mal. Dicen que genera mal olor, que incomoda, que convierte la piel en una superficie pegajosa, repugnante. Es la antítesis de una piel tersa, aséptica, sin brillo, como talco. El sudor, además, no sólo estropea la forma en la que se sienten las personas con su cuerpo, sino mancha, infecta, apesta y moja la ropa. Hace que se mire con desprecio a quien extiende los brazos y en su camisa hay una mancha de humedad bajo la axila. También se evita dar palmadas fraternales a quien sobre la espalda pasea una sombra formada con el líquido corporal. Se pide a gritos el aire acondicionado, porque es terrible ver que las gotas comienzan a descender desde la frente y la sien...

Quiero regresar

Es muy, pero muy extraño. No regresaba a este blog desde marzo del año pasado. No me aparecí por aquí desde esa fecha. Peor aún, no publico nada en este espacio desde el 6 de diciembre de 2016. Dejé morir este blog, o mejor dicho, le di la espalda a un compromiso que quise establecer con la escritura. Y eso me hace sentir mal, pero esa decepción no se compara con lo extrañeza que hoy sentí. Decidí volver a escribir, sobre lo que sea, con aquella libertad y motivación que tuve durante un tiempo considerable en este blog, tomando en cuenta mi estándares. No sé qué fue lo que pasó. Hace unos minutos estaba comiendo tacos, uno de bistec, y de pronto vino un pensamiento urgente por escribir, pero sólo aquí. Vine directo a la computadora a vaciar aquella revelación que tuve; que en realidad no tiene nada de novedosa, es algo que sé y saben todas las personas que desean dominar una disciplina: la escritura también es como un músculo, sino se ejercita termina por deteriorarse. Y es que m...

En la milpa

Caminaban sobre los límites de la tierra de Mercedes, en la parte poniente, la que colindaba con las tierras de los Hernández, tierras treinta veces más extensas que las de doña Meche. Tierras que parecían no ser suficientes para aquella familia, pues se empeñaban en robar de a poco, aunque fueran diez centímetros, parte del terreno de la viuda. Pero Mercedes nunca se dejó, iba a cosechar el maíz y a cerciorarse que no estuvieran invadiendo su propiedad de alguna manera. Ella conocía todas las mañas: clavar postes, dejar maderas o basura, abrir una zanja, cualquier objeto era un intruso que Mercedes y Raymundo quitaban del camino. Él pequeño caminaba por todo el perímetro junto con su madre hasta tener la certeza de que su pequeña propiedad estaba segura. Era una tarea difícil porque para llegar hasta la milpa tenían que cruzar varios cientos de metros que pertenecían a otras familias. El terreno de Meche era uno de los más pequeños en comparación a las hectáreas de otras estirpes acau...

Memorias de Bach

Nunca voy a olvidar la Sonata II Trio en Do menor de Bach. Es una pieza que me recuerda todo lo que iba mal, una sensación de frialdad, pero que hoy me hace sentir una especie de anhelo, de siquiera sentir aquellos días. Bach me recuerda tanto a los días pasados, a días de lluvia y muchas noches mirando el techo de mi casa. En Bach encontré el sentido del barroco, esa desesperación por llenar el vacío. Bach llenó muchas veces mi corazón cuando estaba más triste y hoy llena mi cabeza con experiencias que me siento orgulloso de vivir. Tenía a Bach en mi celular. Cuando sonaba el teléfono comenzaba la melodía. Unas notas que en aquel tiempo eran de pesadumbre, un lastre y un poco de miedo. Hoy disfruto a Bach porque siempre es bueno recordar lo bueno y lo malo. Creo que la desdicha se convierte en una especie de miel que tarda en tomar sabor; no se puede consumir en el momento, es inasible, se escapa por las manos incotrolablemente. Pero con el paso del tiempo es un bello material que...

Recuperando el ritmo

Hace pocos días me di cuenta que ya no había escrito casi nada en este blog. Al menos no con la frecuencia que tuve hace algunos meses. De pronto me di cuenta que estaba más sumido en otras tareas y pensamientos que en atender el ejercicio de escribir. Se lo atribuyo a muchas cosas: falta de disciplina, falta de emoción, falta de ideas, falta de tristeza. Es como si estuviera vacío en términos de escritura. No quiero que se diluya mis ganas por contar historias, por escribir lo que siento (porque casi no escribo lo que pienso, de hecho reflexiono muy poco sobre lo que escribo, todo es el calor del tecleo). Quiero mantener alimentando este blog. Y en ese sentido, no me forzaré a completar un cuento, un poema, una guión de teatro o cualquier otro género que he publicado aquí. Hablaré de mi vida diaria, sin buscar un principio y fin. Escribir de esa manera me recuerda a Eusebio Ruvalcaba , por citar a un escritor famoso, o a Samuel Segura, un compañero y amigo mío. Ellos escriben con ...

Un rostro

No importa mucho quién me lo dijo, pero hasta antes de sus palabras nunca me había fijado en mi rostro. —Mira qué cara traes, te ves todo demacrado, te ves triste. Primero pensé que era una interpretación exagerada, yo me sentía bien. No creí que mi cara tuviera algo de triste hasta que la frase llegó de nuevo mientras me bañaba.  Como siempre me quité la ropa y me asomé al espejo, examiné mis encías, giré un poco la cabeza y vi mi perfil, metí mis dedos entre el cuero cabelludo, me acerqué hasta ver los poros de mi piel y tocaba alguno de mis granos esperando que madurara. Pero esa esta vez escuché el "Mira qué cara traes, te ves todo demacrado, te ves triste". Vi la frase sobrevolando mi rostro, como si fuese un anuncio publicitario. En verdad mi cara lucía triste. Nunca la había visto de esa manera. Fue como asomarme más al fondo, muy por debajo del acné, las cicatrices, el sudor, la grasa y el polvo. Las letras pasaban por mis ojos lentamente y se curvaban cuando lleg...

Una voz

La voz viene y se va, haciendo figuras con el aire, llevándoselo como corbatín, haciéndolo vibrar en espiral y luego en forma de fuente. Es la voz más dulce que he escuchado en mucho tiempo. Me dice "te amo". No sé qué responder. No sé si una voz puede escuchar. No tiene rostro y tampoco se exactamente de donde viene, pero ahí está. Es una voz de mujer, una voz tierna, entrenada para deleitar. Se va aunque no por mucho tiempo. Regresa como terciopelo. Me canta muy de cerca y me recita historias sólo con notas musicales. Es un poema vocal, si acaso existe algo similar. Cuando estoy sentado frente a la computadora viene y me hace recordar asuntos que daba por olvidados. La pequeña voz va pescando recuerdos espesos de cuando tenía dieciocho años. Me tararea la música que escuchaba aquellos días. La voz se convierte en un violín, después en un bandoneón y llora. Música que ya no recordaba, que me hacía sentir triste y ahora feliz. Viene por las noches cuando todo está t...