viernes, 12 de abril de 2013

El cuerno

El cuerno

Sentí un calor instantáneo, un cerillazo en el vientre. Pensé que era un cólico menstrual, apreté ambas manos contra mi ombligo, el calor se iba extinguiendo y el cólico iba creciendo incontrolable. Mis manos estaban empapadas de sangre, rojizas como la res que había visto ayer en una carnicería. No era sangre como la que sale cuando te golpeas por accidente la nariz, era espesa y negruzca. No tenía miedo porque sólo tenía dolor. La última vez que tuve dolor fue una gastritis que me atontó hasta que recibí suero. Este dolor era diferente, expansivo, se iba regando por todo mi cuerpo, excepto por las piernas y la cabeza. Mi cabeza estaba recargada sobre una pared con propaganda; mis piernas sabían que estaban dobladas como espagueti y cada vez menos fuertes.

Luego fue miedo. El dolor no cedía y la gente corría de un lado para otro. Vi al otro extremo de la calle algunas personas durmiendo como niños, en esas posturas tan incómodas para los viejos, pero confortables sólo para bebés. Una señora me miraba a los ojos, luego vi miedo en su nariz, se dilataba por la respiración desesperada, tan grandes las fosas. Aun así no hacía nada, seguía tendida sobre el asfalto con la falda volada sobre ella misma y una bolsa de mercado despanzurrada. Sentí su desesperación viajar hasta mí.

Después un licuado de emociones, no sólo sentía dolor si no angustia, una sensación mayor que el dolor del vientre y la sangre. No pude contener las lágrimas. Siempre me había dado pena llorar en público, pero esa vez no, lo hice sin pensar en nada. Lloré y lloré durante segundos atolondrados. Al segundo siguiente supe que lloraba por mi bebé. Estaba muerto dentro de mí. Lo sabía porque el dolor no estaba compartido. 

------------------------------------------------------------------

Estoy molesto con él por todo lo que pudo haber evitado con un poco de prudencia. Tampoco creo que haya actuado para entristecer nuestra relación. Cuando lo conocí era el más simpático de todos, obvio. Su nariz parecía un pequeño colguije sobre todo ese cuerpo bien formado por el equipo donde practicaba futbol. Me gustó porque no usaba gel como todos, su cabello natural me parecía increíble. Las cejas. Esa sonrisa sincera que me provocó fantasías todas las vacaciones. Escribí tres poemas sobre el tema. Busqué fotografías en internet de gente sonriendo y nunca encontré una similar. Era para mí esa sonrisa. Y a parte, estaba acompañada de una voz redonda colocada sobre el pecho perfectamente. Se dirigía con educación en clase, con sus amigos era sutil con las groserías como pequeños botones rojos sobre un lino blanco. Todo lo que él decía me provocaba delirio. A veces ni siquiera recordaba las oraciones que salían de sus labios hermosos; me quedaba anclada a esa boca que me propuse colmar de mordidas y besos.

La primera vez que me habló fue por teléfono. Le pregunté quien había filtrado mi número, no quiso contestarme y me juró que había sido mera coincidencia. Unos malabares deterministas. En realidad estaba temblando de la emoción. Era imposible controlar la risita nerviosa o concentrarme...

Me paseaba de su mano un domingo, un día después de ir a una fiesta juntos y cantar, tomar algunas cervezas, ver la televisión recostados uno sobre el otro y él siempre hablándome por mis dos nombres con su voz de tenor.

  - Oye... ya colgaste - me preguntó retóricamente.

.- No, no he colgado, aquí estoy - le dije con una voz pequeñita

-  Pensé que lo habías hecho. Bueno, me gustó hablar contigo, nos vemos. -

No mames. Esa fue la mejor conversación en años, aunque en realidad no dije nada, estuve fantaseando mientras todo me temblaba. Me sonrojé y mordí una almohada de felicidad. Había hablado con él. Fue increíble ese comienzo tan simple. Todo lo que siguió fue lo más sencillo del mundo. Salimos, nos vimos, nos besamos, hicimos el amor, lo hicimos muy fuerte durante horas y días. Fuimos novios de manera formal porque sospecho que siempre nos preocupamos por el otro. Nos veíamos la cara todos los días hasta lograr comprender todo sobre nosotros sin tener que decir nada. Sabíamos si había tristeza o pan con crema y mermelada como desayuno. Deducciones de individuos que se conocen toda una vida sin estar siquiera juntos, en una casa o habitación, me refiero.

-------------------------------------------------------------------------------------

Ya no lo quiero porque no está conmigo en este automóvil que no se puede abrir paso entre el tráfico. Cómo quererlo cuando me opuse y él desacató. Y no soy su patrona, pero merecía respeto como cuando me pedía elegir la heladería o la película en el cine. Incluso, respetó la decisión de yo queriendo ser mamá. Cuando él dudo sobre tenerlo, yo no intenté convencerlo, le pedí tranquilidad. Si en algún momento el dejara de estar conmigo lo respetaría y me encargaría de mi bebé. Lo tendría porque eso deseaba.

Habían inaugurado un hotel nuevo, de paso, donde las copilotos entran con todo el asiento reclinado. Salen con el cabello húmedo, sonrientes como el piloto o no. A veces hay cola para entrar al hotel, tienen que soportar la vergüenza mientras el automóvil hace fila para pagar por unas horas de cama. Esa mañana la cola de coches era algo inusual, creo que era día de pago y el hotel regalaba dos condones. Pensé que íbamos a entrar al hotel también, estaba un tanto ansiosa por imaginar las sábanas pegadas a tantos cuerpos, sudadas. Nunca me había parecido sexy tener sexo en un hotel, porque el hábito me llevó a pensar sobre sexo siempre en mi cama o en la de él, no revolcarnos sobre mixturas ajenas.

 Por alguna razón también él mostraba nerviosismo acalorado. Se desabotonada la camisa más y más hasta llevar los vellos del pecho bailando con el aire de la ventana. Paró el coche fuera de la fila y salió con un cabeceo extraño, buscando respuestas entre todas las personas ansiosas de coger. Se paró de puntitas sin apagar el motor del auto, subió de nuevo para pedirme tranquilidad. Eso me puso más nerviosa, pensé que nos seguían, que estaba enfermo y prefería ocultármelo,  que tenía un amante tres coches más adelante, pensé que me estaba poniendo el cuerno.

Estuve dentro del auto con la puerta del conductor abierta. No distinguía bien el rostro de la otra persona. Tenía un pantalón de tubo y un tenis desgastados, atrás de sus piernas estaba una caguama. Rápido deduje de qué se trataba ésto. No es algo que yo pudiera evitar.

De alguna forma era cómplice y admito que cuando todo aparece ni siquiera deseas preguntar. Si hubiera cuestionado algo tendríamos largas discusiones. Preferí omitir los disgustos y probarme toda la ropa que traía cada semana: vestidos hermosos, zapatos increíbles, maquillaje, libros, computadora, películas. No era gran cosa, pero era un regalo de él para mí. De alguna forma lo material me hacía sentir bien porque cada objeto era una preocupación menos. Era obvio de dónde salía todo, si estúpida no soy.

- Ya te dije wey, que no vengas a vender tus chingaderas aquí -

- ¿Qué? Tú ni mueves aquí... -. Me dirigió una mirada enamorada como diciendo que todo está bien.

- Ya te dije... vete - Parado como un licántropo. Pelando los dientes, vociferando maldiciones.

- No me voy a mover ¿Cómo ves? -

- Va... - Giró el cuerpo en un movimiento exagerado. Se despegó de la pared y tiró la caguama. Su brazo palanqueo para destapar una coladera, jaló la tapadera unos centímetros y sacó de ahí una metralleta pequeña, negra, bastante manipulable, hasta cierto punto graciosa, imaginaria, de película, pues.

 - Órale cabrón... pinche perro vas a valer verga - La quijada se le había bloqueado de tanta ira. Aferraba el mango del arma con el pulso de quien ha matado antes.

Arremangué los dedos de los pies hasta el fondo de los zapatos, sudaban mis manos sin control. Abrí la puerta y bajé.

- No, no, no, no... Súbete al carro, quédate ahí. No bajes - Qué autoridad había en su voz. Supongo que no quería mostrarse intimidado tan rápido. No hice caso, me quedé sobre la acera.

- Ya muévete cabrón. No traigas tus chingaderas por aquí que te vuelo. Es en serio. No vas a vender aquí. ¿Quién te dijo que puedes, eh? Este no es tu pinche casa para venir a pasearte y hacer lo que quieras. Yo vendo aquí y nadie más. Vete. Ya, ya, ya... - La metralleta bailaba en el aire, se iba para atrás y adelante. Era como subrayar una frase, ponerla en mayúsculas y puntualizar todo. 

- Pásame el cuerno, pásame el cuerno –

¿Cuál cuerno? No sé de qué hablaba, pero era una imprecación con mucha energía. Volví hacia el auto y escuché con mayor violencia la misma pregunta que me hice.

- ¿Cuál cuerno hijo de la chingada? - 


Fue como un ligero martilleo. Un pequeño ta ta ta ta ta metálico, una briza violenta parecía empujar los metales, no podía distinguirlos mientras volaban en el espacio entre él y nosotros. Sólo veía desde dónde salían expulsados. La boquilla pronto se llenó de humo y fuego que duró casi nada. También pude ver algo de humo saliendo de su cuerpo tirado y triste. Luego la pequeña arma estaba apuntando hacia mí, escuché tres martilleos más. Levanté la vista y no vi a ninguna persona, sólo autos pasando y la gran fila de coches desordenándose. Al otro extremo de la calle una señora tirada en el piso, mirándome angustiada. 




No hay comentarios:

Publicar un comentario