martes, 2 de septiembre de 2014

El señor misericordia

El equipo de audio era realmente bueno, una calidad inigualable para un taxi cualquiera, un Tsuru 2011 para ser precisos. Los acordes envolvían tal como subrayaban las especificaciones técnicas del equipo; el sonido se repartía de una manera tan agradable que quien sea que subiera a aquel taxi se sentía, sin broma, en contacto con el señor. La selección de música no podía ser más perfecta, baladas en español que extrañamente sumergían a cualquiera en una estado de paz; podía ir un obrero dispuesto a darse un lujo viajando en taxi o un apresurado gerente de ventas, y,  sin remedio cerraban los ojos dejándose dominar por la música.

Te conozco señor, te puedo ver aunque estés disfrazado
Tu cariño se siente a pesar de venir barbado
Ahí estás señor siempre a mi lado, no importa si estoy empapado
Caminemos juntos hasta el infinito mi rey amado



Se trataba de una salsa muy bien orquestada, perfectamente ajustada al abrumador calor de la tarde. Desde el asiento trasero la ciudad se veía colorida, jovial. El chofer miraba con el espejo retrovisor y cantaba "aaaeee aeeee". La gracia de su voz alegraba al pasajero no importa qué humor trajera. Su bigote bailaba en conjunto con la redoba. Parecía una bandera multicolor la camisa del chofer; en los altos sacaba la mano por la ventana y golpeaba la lámina a dos cuartos o seis octavos, según el ritmo. Saludaba al limpiaparabrisas, le compraba algunos chicles al doble del precio. "Por nada" respondía cuando se inclinaba con una reverencia el feliz joven por el billete de veinte pesos. Los pasajeros no dejaban de reír hasta el final del trayecto, la sonrisa afloraba aunque cruzaran cinco delegaciones con el tráfico más espantoso. Había algo que impedía sentirse agobiado o enojado en aquel auto.

Justo cuando terminó la canción una señora hizo la parada. El conductor la había visto algunos metros atrás, se confirmó lo anticipado, la señora estaba reprendiendo a su hijo,  le jaló el suéter y le pidió que no "rebuznara", que se calmara y "cuidadito" con decir algo, pues ya la tenía "hasta la madre" de sus "chingaderas" en la escuela, semejante "vergüenza" había soportado por tener un hijo "tan burro", sólo un "idiota" reprueba tres veces seguidas quinto año. Gritó todas las leperadas en un breve intervalo de ascenso y tres calles. El chofer fingía estar concentrado nada más en el volante, pero oía con claridad todo. Cambió el disco, puso otra salsa, pero un poco más rápida, con un movimiento suave subió el volumen hasta que se extendió por toda la parte trasera. Las bocinas retumbaban en la cajuela como un masaje en la espalda; bajó la ventanilla de los pasajeros con delicadeza, hasta que el aire se filtrara gentilmente sobre el cabello chino de la señora; las lágrimas del joven desaparecían a cada metro que recorría el taxi, el rostro estaba recompuesto. La tristeza terminó por esfumarse cuando desde el asiento delantero una voz cantaba:

Vamo' a reir un poco, sí, usted quiere reir, ríase, loco
sacúdase que para nada se va a morir
 lo que pasa es que sin usted ellos van a morir
Lo-co lo-co lo-co lo-co lo-co lo-co
LO-co LO-co

Esa sonrisa para algo sirve,
si no para qué Él te la dio, loco
Ríete de la vida porque sólo dura un poco
si no aprendes ahora, vamos, arriba Él quiere ver!!

Madre e hijo dejaron de verse por un momento, atendieron la música, la discusión quedó fuera del vehículo, tal vez muy lejos como para recordarla hasta que bajaran. El chofer miró por el retrovisor, cuando se encontró con los ojos de la señora él abrió su párpados tanto que la mujer soltó una carcajada.

- ¿Qué? ¿Y ahora qué, doña? ¿Por qué se ríe de mi? -

- Pues no, es que usted está loco -

- No estoy loco, me gusta hacerme el loco, es divertido -

La señora río una vez más y tarareó la canción.

Sin quitar la vista del camino el chofer preguntó.

- ¿Por qué regaña al chamaco así? No quiero que se ofenda, pero esas no son maneras, ni que fuera animal. ¿O no, amigo? -

Buscó el rostro del chico a través del espejo, pero el seguía lo suficientemente avergonzado como para responder. La madre interrumpió antes de que saliera una respuesta de su hijo.

- Es que no entiende. Primero dejó la escuela, luego lo cambiaron por indisciplina, y ahora reprobó casi todas las materias por no entregar tareas, presentar exámenes... ni siquiera pasó educación física. Ya no lo soporto -

- Cálmese señora, nada se va a solucionar de esa manera. Debe haber algún motivo para todo eso. ¿O no, amigo? -

El rostro del joven permanecía en el mismo sitio. La música había cambiado, comenzó una canción con guitarra.

- A veces parece que las cosas parecen irremediables, como si no hubiera remedio, todo se ve chueco. Nos va mal en la feria, quiero decir. Y la violencia lo empeora, perdóneme, pero no creo que debería pegarle ni gritarle. Seguramente ya lo hizo, pero le ha preguntado porque hace todo eso, acaso no te gusta la escuela, quieres dedicarte a otra cosa, qué te gusta hacer, yo le preguntaría primero. -

- Pues sí, pero me saca de quicio y no tengo tiempo para andar detrás de él. Sus hermanos son otra cosa van marchando solitos sin que nadie les diga nada, pero éste... mmmm -

- Pero no todos son iguales, El Señor nos hizo a todos diferentes, con características par-ti-cu-la-res, hay una finalidad en todo ésto. Yo no estudié, pero creo que Él me hizo el mejor taxista, no del rumbo, yo diría que de la ciudad. -

- Sí, pero mientras está jodiendo sus estudios, no sé qué necesidad. No es tan grande como para que se mande solo, todavía tiene a su madre para que obedezca y haga lo que le conviene. Al rato ya sabrá si quiere dejar la escuela o no, pero lo básico debe terminar. ¿Qué futuro le puede esperar después? -

- Eso no lo sabemos, está más allá de lo que podemos saber. Lo importante es que obre bien para que en el futuro El Señor lo recompense. No es un pecado ir mal en la escuela; claro que lo mejor es que termine la escuela y bien, pero con cariño y misericordia. Con el estudio entran las matemáticas, pero a golpes y gritos nunca entra el amor que es lo más preciado que tenemos y que es el motivo de todo. ¿Cómo va a aprender a amar el estudio si lo fuerzan, si le gritan y pegan para que se aprenda un libro?. ¡Señora! Avancé y ni sé a dónde vamos, perdón.

- No se preocupe, vamos bien. Falta un poco más. Vamos a la casa de mi hermano, su tío del chamaco. Me dijo que si volvía a reprobar que lo llevara para que se quedara a trabajar con él, en la herrería. Él no se anda con pequeñeces, si no se levanta temprano o no obedece ya le dije que sí le podía meter una chinga. -

El chofer miró por el retrovisor por un momento prolongado como si el camino dejara de importar.

- No, cómo cree. ¿Por qué hace eso? Los golpes nunca han arreglado nada, ni siquiera mi taxi, el hojalatero me lo dejó peor, ahora una persona, mucho menos. Está bien que chambee, pero someterlo a golpes... no más se va a hacer más rebelde -

Sin levantar el rostro, el estudiante atendía toda la conversación. La madre frunció un poco el ceño cuando el taxista contrariaba todo lo que decía.

- Pues una decisión, son tres veces el mismo error, primero fueron advertencias ahora ya no hay vuelta atrás. ¿Qué otra cosa puedo hacer? Por aquí a la derecha por favor...-

- Hay otras opciones, señora. Mire, yo antes tenía ciertos problemas también, pero hoy me siento muy bien, feliz, amoroso, misericordioso. No sé si a usted le interese, pero podría ir conmigo a una reunión y ver cómo se siente. Claro, tiene que llevar a su hijo. -

- Pues no creo tener tiempo, pero gracias -

- Yo creo que debería pensarlo dos veces, hacerse un poquito de tiempo para algo tan delicado. Es una vez a la semana, se va a sentir bien. Cuando uno entra toma conciencia de que hay algo más grande, los problemas se hacen pequeños, uno entra en cierta paz ¿me entiende?. -

- Más o menos, pero la verdad no tengo tiempo y no estoy muy interesada. Quiero intentar esto por mi cuenta, pero gracias.-

- Bueno, espero que cambie de opinión. Si lo hace, no sólo su mundo cambiará si no el de su familia, el de su hijo, el de su hermano. -

Apenas si la cordialidad podía sostenerse. Cada músculo de la señora se constreñía por una irritación creciente.

- Gracias, pero no... aquí a la izquierda... por favor -

- ¿O tú qué piensas, amigo?

- No importa lo que él crea - Cortó el intento de diálogo la madre más exaltada.

El chofer subió un poco más el volumen. Subió un poco la velocidad para terminar el viaje sin más dilaciones.

- Pues es el primer interesado porque es un hombre libre. ¿No sabe nada del libre albedrío? - Esperó una respuesta.

- Pues sí, pero el libre albedrío vale pa' puro cacahuate cuando las consecuencias las pagan otros. ¿Qué no me estoy gastando el lomo y dinero?. Si por mi... lo mandaría a trabajar, pero todos me dicen que no, hasta usted, de alguna forma...-

- El trabajo dignifica, madre -

No soportó semejante aseveración, no porque no supiera el significado, si no por la presunción.

- Eso ya lo sé, pero hay de trabajos a trabajos ¿No? - Miró desde atrás los ojos fríos del taxista, deslizó la mirada hasta la palanca de velocidades y masticó algunas groserías en voz baja.

- Al menos a mi me va bien, no tengo preocupaciones y gracias a Él mis hijos estudian y se encarrilan por el mejor camino sin que yo tenga que gritarles o golpearlos.-

- Pues qué bueno - Cortó la conversación mientras preparaba el billete con el que pagaría el viaje. - Más adelantito, por favor.-

El chofer se incorporó al carril de baja velocidad, cruzó en diagonal hasta la acera, en el último instante un auto salió de reversa golpeando el costado derecho del taxi. El golpe lanzó al joven sobre el cuerpo de su madre, rápidamente preguntó si estaba bien; cuando el joven asintió, la cara de la señora tomó un colo rojo, estaba fúrica, buscó al taxista, pero él ya estaba fuera observando el daño.

- ¿Por qué no te fijas, hijo de la chingada?

Sin permitirle responder se lanzó con un volado feroz a la quijada del sorprendido hombre. Dio un cabezazo a su boca, pateó las espinillas del hombre confundido, le propinó tres golpes más para después tomarlo por el cabello y tirarlo al piso. Pateó sus costillas cuatro veces hasta que gimió.

La señora intentó separarlo sin la fuerza suficiente. El joven tomó a su madre del brazo y salieron caminando de ahí.

Antes de finalizar el taxista subió su pierna hasta su pecho y dejó caer todo el peso de la extremidad directo en la cara del hombre. Escupió sobre él. Revisó el ligero rayón, sintió la dobladura de la lámina, mordió su labio.

- Ya vez, por qué no te fijas. Pendejo. - Volteó la cabeza al cielo y dijo - Señor ten misericordia, es un pobre pendejo -.

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