martes, 23 de septiembre de 2014

Nervios

"Cuenta hasta diez" me dijo el doctor. Me veía directo a las pupilas, esperando que se dilataran o se contrajeran, algo así, pues no sé de anestesiología. Conté hasta tres y no más. Desperté con una sonda, oxígeno y un suero mal colocado. El líquido no descendía en gotas perfectas, sino un chorro ligero, pero que alarmó a la enfermera apenas lo vió. "Dios mío, porque nadie lo ajustó" gritó sin que nadie prestara atención. Su alarma hizo voltear apenas al convaleciente de mi izquierda, no le importó, le habían amputado la pierna. Tampoco a mí me importó. No supe si era la cantidad de drogas que tenía dentro de mí o si realmente era irrelevante su gesto asustado. Me daba igual, no sentía nada, apenas si podía percibir un pestañeo. Tampoco sentía la lengua, la cual según es el músculo con mayor sensibilidad, alguna vez eso leí. No percibía el aroma característico de los hospitales, tampoco alcancé a distinguir las bolitas mojadas en alcohol. Para nada me alarmé, me sentí indiferente, incapaz de emitir un juicio sobre mi situación. Estaba ahí tendido como una roca sobre el río. No me podía moverme salvo por una fuerza externa, en este caso una enfermera que haría el papel del cause. Pasaron muchas horas sin que nadie me moviera, no hablé porque no le vi ningún sentido. Sé que antes me hubiera quejado por la postura, siempre fui de aquellos que se incomodan fácilmente. En mi trabajo no podía mantenerme sentado en la misma posición, tenía que mover los brazos, tocar con mi frente las rodillas, contorsionarme de alguna manera, una costumbre fastidiosa, pero que funcionaba para concentrarme en tareas complejas.  Ahí no me dieron ganas de nada, absolutamente. Los minutos pasaron tan lentos como las gotas de suero. Las enfermeras cambiaron de turno, pude ver cómo las encargadas del turno nocturno eran más negligentes. Se largaban a dormir o dormía frente a mi sin despertar en toda la noche. Lo hacían si alguien gritaba de dolor. Camas al fondo, un niño se desprendió todos los puntos de la apendicitis, la herida se abrió como una bocaza, bastante sangre se regó por todo el piso antes de que cayera fulminado por la debilidad. No gritó, supongo que para evitar ser regañado. Las enfermeras corrieron hasta la cama y rápido suturaron mientras el doctor venía. Lo sacaron de ahí y no regresó en las tres semanas que esperé para recibir mi alta.

Cuando salí me entregaron en un sobre toda la documentación sobre mi estado de salud. Me reportaban en perfectas condiciones, con una serie de citas programadas a partir de la próxima semana. Estaba agendada una revisión preliminar, avances del tratamiento, rehabilitación, etc... Nunca más volví a abrir el sobre, no me parecía de interés lo que hubiera de suceder en las siguientes semanas. Esa tarde caminé hasta el taxi, le di mi dirección al chofer y no hablamos en todo el camino, tampoco me ayudó, ni se lo pedí. Bajé del auto con paso firme, me incliné para bajar mi mochila y buscar la llave de la casa. No sentía dolor, a pesar que para el transcurso del tiempo, el efecto de los analgésicos ya deberían haber pasado. Entré a la casa y todo estaba ordenado, empolvado. Tampoco ahí pude percibir el aroma, sabía que debería oler a papel viejo, pero no, ni una molécula lograba estimular mi olfato. Dejé las cosas sobre el pasillo caminé hasta el sofá. Me tendí sobre él y me quedé dormido. Desperté con la noche ya madura. Volví a cerrar los ojos y no los abrí hasta el amanecer. Sin que yo tuviera un medicamento encima no tenía molestia alguna, no había dolor donde sea que debería sentirlo. Tomé el sobre y revisé el parte médico, no mencionaba nada sobre la intervención realizada. No había nada excepto oraciones incompletas, nombres ilegibles... Me quedé mirando el papel, pero no sentí nada. Me pregunté cómo tendría que reaccionar: ultrajado, estafado, violado, pero ninguna de aquellas emociones derivativas de la decepción podía llenar el profundo vacío que experimentaba. Sin tratar, en pocos minutos dejé de pensar sobre ello. Me puse a cocinar, ordené la casa, acomodé mi ropa, pero después interrumpí todo. Observé con indiferencia. Me senté otra vez. Me quedé sin hacer nada. ¿Con qué motivo? ¿Qué sentido tendría hacer nada? ¿Me levanto o no? No sabía qué hacer. Me acosté, pero la posición no mejoró nada. Pasaron algunas horas mientras decidía qué hacer. Fui por mis medicamentos y tomé uno después de otro con el mismo vaso de agua. Siete pastillas en siete partes iguales de agua. Todas las pastillas en mi mano, metí cada una de ellas, sentía cómo algunas raspaban mi tracto digestivo, hice algunas muecas por el dolor, pero pronto se pasó. Observé los frascos y envoltorios y calculé cincuenta pastillas dentro de mi. Un dolor intenso sobrevino, mi corazón se agitó y los oídos me zumbaban como si algo hubiera explotado dentro de mi cabeza. Para no caer abruptamente me hinqué, después puse las manos sobre el piso hasta que no pude soportar mi peso. El dolor dejó de sentirse mientras daba paso a una debilidad absoluta. Sabía que mi vida se estaba esfumando. No sé cuánto tiempo pasó, abrí los ojos y no estaba sobre el piso. Había una enfermera a mi lado y un doctor parado frente a mis pies. Sacó un bolígrafo de su bata. Me dijo "Voy a probar sus terminales nerviosas. Del uno al diez dígame qué sensibilidad tiene, uno es nada y diez es completamente". Nunca sentí el bolígrafo, otra vez no sentía nada.    

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