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Que se maten los perros

Hijo de su repinche madre, ahorita que lo vea le voy a romper toda su puta madre, hijo de perra. Iba sobre la acera echando humo, nadie le contestaba la mirada "Al Paco", si alguien lo hubiera hecho, ahí mismo le tiraban los dientes por entrometido.  "Al Paco" nadie le decía qué hacer, es de esas personas que tienen la mecha corta y en ese momento sólo se contenía porque faltaban pocos minutos para batirse. A ver si muy sabroso, puto. Donde me salga con una chingadera, yo tiro plomazos valiendo verga. El muy puto siempre se esconde con su jefa, pero a la verga, a los dos me los trueno. No durmió en toda la noche, sólo pocos minutos cuando el sueño le vencía, cuando se daba cuenta de su estado somnoliento tomaba un poco de coca, la peinaba con el cuchillo que su mamá utilizaba para picar la verdura y se metía tanto polvo como fuera necesario. Así se aventó más de cinco horas, por eso ahorita traía los nervios crispados, pero bien macizos para una cosa nada más. Que salga, que se presente como hombrecito. Yo no me voy a abrir. Que tenga los huevitos que tuve para armar todo ese desmadre. 

Los vecinos estaban preocupados por lo que pudiera suceder, sobre todo porque en estos recién "arreglos" han quedado daños que ninguno de los involucrados directos quieren pagar. Se han roto ventanales, se han hecho orificios en la lámina de los autos, se han provocado sustos, se han reventado focos y creado un sin fin de crisis nerviosas. Nadie quiere pagar por ello. Nadie exige una compensación, si alguien la demandara, es muy probable que de esa petición surgiera otro "arreglo". Ir a la delegación no ha resultado eficiente para los vecinos. Cuando llegan con el juez les dicen que primero hay que cooperar con algunos billetes para poder mandar a los uniformados, no hay presupuesto, dicen, que a veces ni para gasolina. Y sí, hace un par de meses, cuando los "arreglos" no se hacían durante el día, llegó una cuadrilla de policías en bicicleta y unos a caballo para poderse mover entre los callejones, subidas y bajadas de la colonia enquistada en un cerro; esa misma noche les robaron cinco bicicletas y dos caballos. Cómo, no se sabe, pero bajaron hasta la avenida principal con la avalancha de vergüenza a cuestas y un rostro de miedo infinito por llegar a la comandancia. Después de ese momento fueron claros todos los procedimiento policiales; el mismo comandante de la zona dijo: "Déjenlos que se maten allá arriba, mientras no bajen, no es nuestro pedo". Así han sido los últimos meses y asesinatos o "arreglos" en la zona. 

Ahora sí ya va a valer verga. Que salga el mamón, o mejor, que esté afuera esperando si es muy pinche hombrecito. "Al Paco" se le salían las lágrimas. Esa tarde caminó dos calles, pero regresaba una, el coraje le impulsaba, pero la tristeza tundía su ira. A pesar de semejante duelo interno, llegó. Cuando lo vieron acercarse a la puerta los vecinos corrieron un poco más las cortinas. Todos querían presenciar, pero nadie quería ser testigo. A los más chiquitos los metían abajo de las camas para no exponerlos frente a una trayectoria errada. Pero "Al Paco" eso le importaba poco. Me las va a pagar con sangre, él, su familia, su mamá o su hija. Como sea saco a las perras si ese cabrón no sale. Pateó la puerta tres veces. Su bota se descarapeló a la segunda; a la tercera,  la puerta estaba abollada. El escándalo no cambió en nada la tranquilidad de la calle, al interior de la casa no había ningún tipo de movimiento. HIjo de puta. 

Escaló la pared y subió hasta la marquesina, imprecó desde las alturas. Todo permanecía quieto, los vecinos seguían mirando, pero nada sucedía. Durante una hora estuvo sentado, a ratos sacaba la pistola de su chamarra, la observaba y lloraba sobre ella. Se acordaba de su hija, tan pequeña, inocente. !!Puta madre¡¡ ¿Por qué? Las nauseas le hicieron escupir, un mareo se precipitó sobre el, prefirió bajarse de aquel lugar. Pateó nuevamente la puerta, pero sin fuerza. Quiso largarse de ahí, necesitaba un poco de coca, y sólo así, tal vez, podría regresar a reclamar justicia. No así. Quería tirarse en el piso y llorar, ahogarse en la tristeza que no había mostrado solo por darle protagonismo a la furia. Espero un poco más hasta que el orgullo se esfumó. Miró sus botas. Qué pendejo soy 

Al final de la calle sus ojos se sobresaltaron, su corazón volvía a latir frenético y el mundo nuevamente le parecía un lugar pequeña. La niña estaba frente a él, caminaba sobre la acera derecha. Ahora sí, hijo de puta... Sacó la pistola del bolsillo de la chamarra, quitó el seguro y se enfiló hacia la niña. Tuvo que detenerse, no podía dar un paso más. Del calor pasó a un frío intenso, la rabia se había disipado. La niña tenía entre sus manos una pistola. Disparó tres veces; uno pasó muy cerca de su oído; el segundo, en el pecho; el tercero en la cabeza. La niña corrió hasta la puerta abollada, tocó y alguien le abrió, su papá la cargó y lloraron durante un buen rato. "Al Paco" nadie lo movió hasta la mañana del siguiente día.


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